PARA EL 2009
Quiero comenzar el año diciendo, desde aquí, que hago el propósito de escribir, al menos, una vez por semana.
Me gustaría ir dejando, en esta página, mi pensamiento. Pero no querría que se convirtiera en un foro de debate. Mi libertad a expresar lo que siento no es mayor que la que tú tienes para disentir o pensar de otra manera. Si te animas a enriquecer esta página serás bienvenido, pero si buscas polémica recuerda que no este el espacio.
Y VOY A COMENZAR CONTANDO UN SUEÑO.
Hace ya mucho tiempo, ayer concretamente, que tuve un sueño. Dicen los estudiosos del tema que durante una sola noche tenemos infinidad de sueños y que solamente algunos, muy puntualmente, los recordamos.
Bueno, pues la realidad es que este yo sí lo recuerdo. Y no sólo me levanté con él sino que lo sigo soñando aún estando despierto.
De pronto, sin darme cuenta apenas, me vi saliendo de un pequeño agujero excavado en la tierra. Hacía frío, mucho frío. Pero eso no impidió que con toda mi familia, que era muy numerosa, saliéramos al exterior.
Hasta ese momento habíamos estado en nuestro nido, bajo tierra, con comida y calor, a cobijo de mil pies distintos.
Pero era el momento de salir.
En nuestro nido, de la mano de nuestros mayores, habíamos recibido clases de supervivencia.
Ese era el momento de poner en práctica lo aprendido.
Así que, lo primero que hicimos fue disgregarnos, cada una por un lado, para en el caso de una agresión externa, consolidar la supervivencia de nuestra especie.
Yo recuerdo que me instalé en un lugar no muy lejano de mi antigua casa.
¡ Ah bueno, se me olvidaba deciros que soy una araña diminuta!
Digo que me instalé junto a un gran muro de cemento, medio redondo y vuelto al revés, o sea lo hueco hacia arriba. Oía el ruido del paso de agua pero no la veía, y aquel muro me pareció lo bastante sólido como para ponerme a su cobijo.
También busqué instalarme cerca de algunas matas que me permitieran subirme a ellas y poder divisar mejor el horizonte.
Empecé a descubrir un mundo de colores que hasta entonces no había visto nunca, y me pareció maravilloso. Me quedé extasiada contemplando tanta variedad de color en tan poco espacio. Pensé que aquel éxtasis podría ser eterno, para siempre...
Pero la cruda realidad de mi existencia me sacó bien pronto de aquel letargo. Comencé a sentir hambre. Ya no tenía el sustento de mis mayores. Era yo quien tenía que buscar mi alimento.
Miré a mí alrededor y descubrí cantidad de seres, diminutos como yo, incluso algunos más pequeños, que se movían a mucha más velocidad que yo, y que parecían tener mucha prisa. Algunos iban cargados, excesivamente cargados pienso, unos detrás de otros y todos en la misma dirección. Me dieron un poco de lástima.
Otros parecía que estaban muy alegres, pues no paraban de dar saltos, de un sitio para otro, de rama en rama.
Algunos venían de lo alto, volando, y después de varias vueltas, se detenían sobre las escasas flores que había en aquel tiempo. Allí estan un momento, como fundiéndose con ellas, con las flores, acariciándolas, y vuelven a surcar los aires. Eran de mil colores; y unas cosas que llevaban pegadas a su cuerpo, como unas hojas muy finas, al rozarlas los rayos del sol brillaban bonitas, bonitas.
También se acercó otro animal, más ligero que los anteriores, un poco más gordete, y con las hojas más pequeñas, que hacía un ruido infernal y molesto. Yo que estoy acostumbrada a vivir en el silencio y en la oscuridad hasta ahora, aquel animal me pareció muy desagradable. Llevaba una especie de espada pegada a su cuerpo. Tenía un aspecto muy violento. Después de un tiempo descubrí que los campesinos aprecian su labor. Pero entonces tuve miedo, lo confieso.
Estaba extasiada contemplando y descubriendo todo este mundo, y comencé a sentir hambre de verdad. No podía volver a mi casa. Ya me había convertido en MAYOR. Tenía que buscarme la vida por mi cuenta.
Intenté atrapar, corriendo, algunos animales más pequeños que yo, pero eran ellos mucho más veloces. Estuve un buen tiempo intentándolo pero no lo pude conseguir.
Extenuada me senté a descansar. De pronto recordé algunas de las enseñanzas de mis mayores. “Había que tejer una tela bonita, que resultara atractiva, y allí quedarían atrapados al acercarse “.
Rápidamente me puse manos a la obra.
Trepé hasta lo alto de un arbusto y desde allí me lancé al vacío hasta encontrar otra rama. En el recorrido segregué los jugos que se convertían en un hilo finísimo y pegajoso. Estuve durante mucho tiempo saltando de rama en rama y tejiendo un dibujo geométrico, y lo suficientemente tupido y resistente para poder atrapar y retener algunos animales.
Después de acabar mi obra me quedé exhausta.
Me dormí, pero mantuve mi pata unida a la tela.
Durante mi sueño noté algunas sacudidas y las atribuí al viento que movía ligeramente mi obra.
Los primeros rayos de sol me despertaron y quedé como hipnotizada contemplando la maravilla de mi obra. Pequeñas gotitas de rocío estaban suspendidas en mis hilos.
No sé cuanto tiempo estuve contemplando aquel mundo de colores. Mil arco iris prendidos en mi tela.
Un curioso madrugador, muy grande, muy grande, se acercó despacio con una caja entre sus manos y quedó también mirando mi tela. Después de mirarla desde todos los lados se detuvo, abrió su caja y disparó un fogonazo intenso.
¡ Me asusté y creí que había roto mi obra ! Pero no. Seguía estando allí, brillante, hermosa como nunca yo habría soñado.
De pronto, cuando volvía a apretarme el hambre descubrí algo fantástico: “dos diminutos seres, de los que no pude atrapar corriendo el día anterior, estaban prendidos e inmovilizados en mi tela”.
Rápidamente, recordando las enseñanzas de mis mayores, trepé hasta ellos y los envolví con muchos hilos para acabar de inmovilizarlos.
Después les inyecté un néctar especial para conservarlos y guardarlos en mi despensa para ir satisfaciendo mi hambre.
¡ Qué contenta estaba ! Era eficaz mi tela, la tela que me habían enseñado a tejer mis mayores.
Ya sabía ganarme la vida por mi cuenta. ¡ Me sentía libre ! ¡ No dependía de nadie!
Estuve muchos días disfrutando de mi nueva situación. Aquello era algo maravilloso. Mi tela seguía siendo eficaz. No tenía que preocuparme más que de recoger mis presas.
Me dormí profundamente, sabiendo que mi obra estaba ahí, haciendo el trabajo por mí.
No sé el tiempo que estuve así, pero de pronto me desperté asustada por un ruido muy fuerte. Abrí los ojos y vi que todas las ramas se movían en todas las direcciones con mucha violencia.
Miré a mi tela y ¡ no estaba ! Después vi algunos trozos de la misma enredados entre las ramas, rotos en mil pedazos. ¿ Pero quién había tenido interés en destruir mi obra ?.
“ Tendré que volver a reconstruirla, pensé”.
Me puse manos a la obra. Con la experiencia que tenía intenté hacerla un poco más fuerte. Me costó mucho, mucho trabajo, esta segunda tela. Pero de ella dependía mi sustento y eso me dio fuerzas. La terminé. Lista otra vez la trampa.
Me senté otra vez a descansar. Me vino un pensamiento que rápidamente rechacé como absurdo.
Pero volvía y volvía otra vez. Al fin dejé que creciera. Comencé a darme cuenta de que me estaba corvirtiendo en esclava de mi tela. ¡ Un día me sentía libre y otro me sentía esclava !
“ Tonterías me dije”.
Pero otra vez aquel ruido infernal que movía las ramas volvió a aparecer y destruyó mi obra. Y tuve que volverla a construir.
Así se repitió una y mil veces...
Al fin me sentí esclava de mi tela.
Me resigné. ¿ Qué otra cosa podía hacer ?.
Pero un día, de repente, apareció volando por encima de mí un animal grande, de alas grandes, de pico largo, y se precipitó sobre mí.
Sólo tuve tiempo de gritarle. “ soy libre, soy libre”.
Sonó el despertador y me levanté para ir a mi trabajo. Había sido sólo una persadilla.
Antonio Puyol. 31-12-2009
Quiero comenzar el año diciendo, desde aquí, que hago el propósito de escribir, al menos, una vez por semana.
Me gustaría ir dejando, en esta página, mi pensamiento. Pero no querría que se convirtiera en un foro de debate. Mi libertad a expresar lo que siento no es mayor que la que tú tienes para disentir o pensar de otra manera. Si te animas a enriquecer esta página serás bienvenido, pero si buscas polémica recuerda que no este el espacio.
Y VOY A COMENZAR CONTANDO UN SUEÑO.
Hace ya mucho tiempo, ayer concretamente, que tuve un sueño. Dicen los estudiosos del tema que durante una sola noche tenemos infinidad de sueños y que solamente algunos, muy puntualmente, los recordamos.
Bueno, pues la realidad es que este yo sí lo recuerdo. Y no sólo me levanté con él sino que lo sigo soñando aún estando despierto.
De pronto, sin darme cuenta apenas, me vi saliendo de un pequeño agujero excavado en la tierra. Hacía frío, mucho frío. Pero eso no impidió que con toda mi familia, que era muy numerosa, saliéramos al exterior.
Hasta ese momento habíamos estado en nuestro nido, bajo tierra, con comida y calor, a cobijo de mil pies distintos.
Pero era el momento de salir.
En nuestro nido, de la mano de nuestros mayores, habíamos recibido clases de supervivencia.
Ese era el momento de poner en práctica lo aprendido.
Así que, lo primero que hicimos fue disgregarnos, cada una por un lado, para en el caso de una agresión externa, consolidar la supervivencia de nuestra especie.
Yo recuerdo que me instalé en un lugar no muy lejano de mi antigua casa.
¡ Ah bueno, se me olvidaba deciros que soy una araña diminuta!
Digo que me instalé junto a un gran muro de cemento, medio redondo y vuelto al revés, o sea lo hueco hacia arriba. Oía el ruido del paso de agua pero no la veía, y aquel muro me pareció lo bastante sólido como para ponerme a su cobijo.
También busqué instalarme cerca de algunas matas que me permitieran subirme a ellas y poder divisar mejor el horizonte.
Empecé a descubrir un mundo de colores que hasta entonces no había visto nunca, y me pareció maravilloso. Me quedé extasiada contemplando tanta variedad de color en tan poco espacio. Pensé que aquel éxtasis podría ser eterno, para siempre...
Pero la cruda realidad de mi existencia me sacó bien pronto de aquel letargo. Comencé a sentir hambre. Ya no tenía el sustento de mis mayores. Era yo quien tenía que buscar mi alimento.
Miré a mí alrededor y descubrí cantidad de seres, diminutos como yo, incluso algunos más pequeños, que se movían a mucha más velocidad que yo, y que parecían tener mucha prisa. Algunos iban cargados, excesivamente cargados pienso, unos detrás de otros y todos en la misma dirección. Me dieron un poco de lástima.
Otros parecía que estaban muy alegres, pues no paraban de dar saltos, de un sitio para otro, de rama en rama.
Algunos venían de lo alto, volando, y después de varias vueltas, se detenían sobre las escasas flores que había en aquel tiempo. Allí estan un momento, como fundiéndose con ellas, con las flores, acariciándolas, y vuelven a surcar los aires. Eran de mil colores; y unas cosas que llevaban pegadas a su cuerpo, como unas hojas muy finas, al rozarlas los rayos del sol brillaban bonitas, bonitas.
También se acercó otro animal, más ligero que los anteriores, un poco más gordete, y con las hojas más pequeñas, que hacía un ruido infernal y molesto. Yo que estoy acostumbrada a vivir en el silencio y en la oscuridad hasta ahora, aquel animal me pareció muy desagradable. Llevaba una especie de espada pegada a su cuerpo. Tenía un aspecto muy violento. Después de un tiempo descubrí que los campesinos aprecian su labor. Pero entonces tuve miedo, lo confieso.
Estaba extasiada contemplando y descubriendo todo este mundo, y comencé a sentir hambre de verdad. No podía volver a mi casa. Ya me había convertido en MAYOR. Tenía que buscarme la vida por mi cuenta.
Intenté atrapar, corriendo, algunos animales más pequeños que yo, pero eran ellos mucho más veloces. Estuve un buen tiempo intentándolo pero no lo pude conseguir.
Extenuada me senté a descansar. De pronto recordé algunas de las enseñanzas de mis mayores. “Había que tejer una tela bonita, que resultara atractiva, y allí quedarían atrapados al acercarse “.
Rápidamente me puse manos a la obra.
Trepé hasta lo alto de un arbusto y desde allí me lancé al vacío hasta encontrar otra rama. En el recorrido segregué los jugos que se convertían en un hilo finísimo y pegajoso. Estuve durante mucho tiempo saltando de rama en rama y tejiendo un dibujo geométrico, y lo suficientemente tupido y resistente para poder atrapar y retener algunos animales.
Después de acabar mi obra me quedé exhausta.
Me dormí, pero mantuve mi pata unida a la tela.
Durante mi sueño noté algunas sacudidas y las atribuí al viento que movía ligeramente mi obra.
Los primeros rayos de sol me despertaron y quedé como hipnotizada contemplando la maravilla de mi obra. Pequeñas gotitas de rocío estaban suspendidas en mis hilos.
No sé cuanto tiempo estuve contemplando aquel mundo de colores. Mil arco iris prendidos en mi tela.
Un curioso madrugador, muy grande, muy grande, se acercó despacio con una caja entre sus manos y quedó también mirando mi tela. Después de mirarla desde todos los lados se detuvo, abrió su caja y disparó un fogonazo intenso.
¡ Me asusté y creí que había roto mi obra ! Pero no. Seguía estando allí, brillante, hermosa como nunca yo habría soñado.
De pronto, cuando volvía a apretarme el hambre descubrí algo fantástico: “dos diminutos seres, de los que no pude atrapar corriendo el día anterior, estaban prendidos e inmovilizados en mi tela”.
Rápidamente, recordando las enseñanzas de mis mayores, trepé hasta ellos y los envolví con muchos hilos para acabar de inmovilizarlos.
Después les inyecté un néctar especial para conservarlos y guardarlos en mi despensa para ir satisfaciendo mi hambre.
¡ Qué contenta estaba ! Era eficaz mi tela, la tela que me habían enseñado a tejer mis mayores.
Ya sabía ganarme la vida por mi cuenta. ¡ Me sentía libre ! ¡ No dependía de nadie!
Estuve muchos días disfrutando de mi nueva situación. Aquello era algo maravilloso. Mi tela seguía siendo eficaz. No tenía que preocuparme más que de recoger mis presas.
Me dormí profundamente, sabiendo que mi obra estaba ahí, haciendo el trabajo por mí.
No sé el tiempo que estuve así, pero de pronto me desperté asustada por un ruido muy fuerte. Abrí los ojos y vi que todas las ramas se movían en todas las direcciones con mucha violencia.
Miré a mi tela y ¡ no estaba ! Después vi algunos trozos de la misma enredados entre las ramas, rotos en mil pedazos. ¿ Pero quién había tenido interés en destruir mi obra ?.
“ Tendré que volver a reconstruirla, pensé”.
Me puse manos a la obra. Con la experiencia que tenía intenté hacerla un poco más fuerte. Me costó mucho, mucho trabajo, esta segunda tela. Pero de ella dependía mi sustento y eso me dio fuerzas. La terminé. Lista otra vez la trampa.
Me senté otra vez a descansar. Me vino un pensamiento que rápidamente rechacé como absurdo.
Pero volvía y volvía otra vez. Al fin dejé que creciera. Comencé a darme cuenta de que me estaba corvirtiendo en esclava de mi tela. ¡ Un día me sentía libre y otro me sentía esclava !
“ Tonterías me dije”.
Pero otra vez aquel ruido infernal que movía las ramas volvió a aparecer y destruyó mi obra. Y tuve que volverla a construir.
Así se repitió una y mil veces...
Al fin me sentí esclava de mi tela.
Me resigné. ¿ Qué otra cosa podía hacer ?.
Pero un día, de repente, apareció volando por encima de mí un animal grande, de alas grandes, de pico largo, y se precipitó sobre mí.
Sólo tuve tiempo de gritarle. “ soy libre, soy libre”.
Sonó el despertador y me levanté para ir a mi trabajo. Había sido sólo una persadilla.
Antonio Puyol. 31-12-2009
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at jueves, enero 01, 2009
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